“¿Crees que se puede vivir de amor?”
Me hicieron esa pregunta poco antes de casarme.
Respondí sin titubear: —Sí.
Meses después, durante mi embarazo —uno de los más dolorosos y complejos que alguien pudiera imaginar— volvieron a preguntármelo. Mi respuesta fue exactamente la misma: —Sí. Un rotundo sí. Y hoy, después de todo lo vivido, mi respuesta sigue siendo la misma, porque Dios nunca dijo que el amor fuera un asunto hormonal que nos hace perder la cabeza. Eso lo dice el mundo.
Parece que hoy el matrimonio se ha reducido a un permiso eclesial para tener relaciones sexuales y tomar terribles decisiones, pero con la venia de la religión. Como si amar fuera dejar de pensar, justificar cualquier cosa o convertirse en cómplice del pecado con tal de no perder a la otra persona. Pero Dios nunca dijo eso. A lo largo de toda la Biblia, el Señor nos enseña qué es el amor. No nos deja inventarlo ni definirlo según nuestras emociones. Él mismo lo revela.
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”
1 Juan 4:8
Dios es amor. No porque el amor sea un sentimiento, sino porque forma parte de Su naturaleza perfecta. Y si el amor proviene del Padre, ¿por qué pensamos que necesariamente nos hará peores? En ninguna parte de la Biblia dice que amar sea ser cómplice de los malos actos de alguien. En ninguna parte dice que amar sea perder la dignidad; definitivamente no dice que amar sea quedar descerebrados o descorazonados, pasando por encima de quienes realmente nos aman solo por un capricho.
Pablo escribe:
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad.”
1 Corintios 13:4-6
Siempre me ha impactado esa frase:
“No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.”
El amor verdadero nunca celebra el pecado y nunca necesita mentir para sostenerse. Nunca te pide apagar la conciencia, ni te hace menos. También leemos:
“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno.”
Romanos 12:9
Y Juan escribe:
“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”
1 Juan 3:18
Entonces… ¿por qué respondí con un rotundo sí cuando me preguntaron si se podía vivir de amor? Muy fácil, porque si el amor viene del Padre, está bendecido por Él y dos personas deciden amar con ese amor, formando un verdadero equipo… lo único que puede pasar es vivir de él. Ese amor te hace la mejor versión de ti mismo o, mejor dicho, la versión real. La que deberías ser siempre y en toda circunstancia. Te hace honesto, esforzado, enseña a servir. Te lleva a dar más de lo que creías tener y, cuando tu pareja vive de la misma manera… ¡BUM! Sucede algo extraordinario, no solamente en el plano humano, sino en el espiritual. Esa es, quizá, la mejor herencia y el mayor legado que unos padres pueden dejar a sus hijos, y el mejor testimonio de un matrimonio.
Ahora, sé lo que algunos estarán pensando: “Eso suena muy a «vivieron felices para siempre».” Pues felices, sí; atacados, también. Porque cuando algo es honesto, real y está fundamentado en la verdad de Dios, el enemigo no permanece indiferente. Nuestra lucha nunca ha sido contra sangre y carne, sino contra huestes espirituales de maldad (Efesios 6:12). Eso es tan real como lo que les contaré, hablando desde mi propia experiencia y no solo desde una bonita teoría.
Poco antes de nuestra boda, cuando ambos sabíamos que éramos el uno para el otro, casi muero en un terrible accidente de tránsito. ¿Sabes qué estaba haciendo? Sirviendo en una iglesia. Después vino la boda; no teníamos dinero y, aun así, Dios nos regaló la boda de nuestros sueños.
Llegó nuestra hija amada. A veces todavía le digo: “Mi vida, tú estás hecha de amor verdadero.” Pero ese embarazo estuvo marcado por una trombosis, dolor… mucho dolor, soledad y un parto prematuro, con todo lo que eso implicó. Nuestra pequeña nació con apenas 2.000 gramos. Después llegaron los diagnósticos y las cirugías.
Más adelante vino un misterioso accidente de mi esposo con una hemorragia cerebral. Jamás sabremos qué sucedió. Después, un COVID que casi me lleva. Y finalmente apareció un cáncer tan sorpresivo como agresivo.
El 12 de abril de 2025, tomados de la mano, el amor de mi vida se me adelantó al cielo. Recuerdo con absoluta claridad el sonido de su último aliento. Y en amor partió.
Claro que esta es una versión resumida, porque alrededor de cada una de esas pruebas existen miles de detalles, lágrimas, milagros, oraciones respondidas y momentos en los que vimos la mano de Dios sosteniéndonos. Días muy oscuros, cuesta arriba y muchas veces solitarios. Espero algún día poder contar esa historia completa, pero por ahora quiero volver a responder aquella pregunta: sí, sí se puede y se debe vivir del amor que viene del Padre, el que primero ama a Dios por encima de todas las cosas. Del amor que decide obedecer incluso cuando cuesta; el amor que nunca deja de buscar la verdad, el que no nace únicamente de una emoción, sino de una decisión diaria de glorificar a Cristo.
Porque ese amor jamás te hará menos, jamás te volverá tonto o te pondrá una venda sobre los ojos. Te los abrirá, te hará más íntegro, más fuerte y más sabio.
Jesús mismo dijo:
“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.”
Juan 15:13
Eso fue exactamente lo que Él hizo por nosotros. Y ese es el amor que transforma matrimonios, familias y generaciones. Una decisión mutua. Una decisión vertical, tomada delante del Padre. Porque será Él quien, por medio de Su Palabra y en obediencia a ella, confirme si esa unión es de bendición. Ese amor nunca te hará “menso”. Te hará mejor. Y, aunque la vida traiga dolor, enfermedad, pérdidas o incluso la muerte, descubrirás que el verdadero amor —el que proviene de Dios— no desaparece.
Hubo algo más que marcó nuestro matrimonio desde antes de comenzar. Tuvimos un curso prematrimonial hermoso, único y, sin duda, preparado con mucho amor. Entre tantas enseñanzas, hubo una que ambos nos repetimos incontables veces, especialmente en los días más oscuros:
“Recuerden que se aman. Recuerden por qué se aman. No permitan que los problemas pasen por encima de eso. Que prevalezca el amor.”
Hoy, aun cuando el amor de mi vida ya se adelantó al cielo, el fruto de aquella enseñanza sigue sosteniéndome. Porque el verdadero amor, el que nace en Dios y es cultivado para Su gloria, no termina con la muerte. Sigue dando fruto. Sigue apuntando a Cristo. Y sigue recordándome, cada día, que sí… se puede vivir de amor. Porque “el amor nunca deja de ser” 1 Corintios 13:8.




1 comentario en “El amor es ciego”
Que lindo y que gran verdad. El amor del Señor por nosotros nos hace mas fuertes, que lastima que por estar tan distraídos con las cosas del mundo, no lo reconocemos.