Dime de qué presumes y te diré de qué careces

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Hay frases que escuchamos tantas veces que terminamos creyendo que son verdades universales. Una de ellas dice: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces.” Seguro la has escuchado. Tal vez incluso la has dicho alguna vez.

El problema de los dichos populares no es que siempre sean falsos. El problema comienza cuando les damos la autoridad que solo le corresponde a la Palabra de Dios.

Hace unos días me apareció un video en redes sociales que giraba precisamente alrededor de ese refrán. Era uno de esos clips hechos para burlarse de las personas, en el que aparecían hombres cargados de joyas, otros con sombreros extravagantes, mesas repletas de comida, carros lujosos, grupos enormes de amigos… Todo acompañado por la idea de que quien más muestra algo es porque, en realidad, es precisamente de eso de lo que carece. Hasta ahí, nada fuera de lo común.

Lo que realmente me llamó la atención fueron los comentarios. Cientos de personas parecían coincidir en lo mismo:

—”Sí, claro… el que presume dinero es porque está quebrado.”
—”La que presume amigos es porque está más sola que nadie.”
—”Todos aparentan.”
—”Son puro show.”

Y mientras leía, pensé en lo fácil que nos resulta sacar conclusiones sobre personas que ni siquiera conocemos. Entonces decidí escribir un comentario. No porque creyera tener la razón, sino porque sentí que todos estábamos mirando hacia el mismo lugar, cuando quizá había otra realidad que también merecía nuestra atención. Escribí:

“Muchas veces la gente más presente, más colaboradora, la que siempre está lista para servir y ayudar, es la que más sola queda cuando necesita ayuda. Da mucho y recibe poco o nada.”

Y, curiosamente, la conversación cambió. Algunos comenzaron a compartir experiencias similares. Otros confesaron que nunca lo habían pensado de esa manera. Incluso el autor de la publicación respondió que muchas veces el problema era que las personas no sabían pedir ayuda. Le contesté que, por experiencia, puedo decir que a veces sí se pide ayuda… y, aun así, ni siquiera un saludo obtiene respuesta.

Después de eso seguí dándole vueltas al asunto. No tanto por el refrán en sí. Es posible que, en algunas ocasiones, describa una realidad. La Biblia misma habla del orgullo, de la hipocresía y de la vanagloria. Sería un error negar que existen personas que aparentan lo que no son.

Pero cuando tu manera de entender la vida ya no es la del mundo, sino la de un creyente, aprendes que no puedes interpretar la realidad únicamente desde la psicología popular o los refranes. Tu cosmovisión debe ser formada por la Palabra de Dios. Así como alimentas tu cuerpo para no morir, también necesitas beber del Agua de Vida para que tu alma no perezca, y eso cambia por completo la manera de mirar a las personas.

Entonces me hice una pregunta: ¿Realmente enseña eso la Biblia?

La respuesta es sencilla: no.

La Biblia nunca dice que podamos descubrir las carencias de una persona por aquello que muestra, pero sí nos advierte contra el orgullo y contra el deseo de hacer las cosas para recibir la aprobación de los hombres. Jesús reprendió a quienes practicaban su justicia para ser vistos y admirados (Mateo 6:1-4). El problema nunca fue hacer el bien, sino convertir una buena obra en un espectáculo para alimentar el ego.

Pero una cosa muy distinta es convertir esa realidad en una regla universal. No toda persona que comparte una bendición está presumiendo. Ni todo el que celebra un logro está buscando alimentar su orgullo. No toda fotografía familiar es una máscara para esconder un matrimonio roto. No toda sonrisa oculta tristeza. No toda mesa llena intenta disimular un corazón vacío.

A veces, simplemente, una persona está compartiendo con alegría algo que Dios le ha permitido vivir. El problema de los refranes es que simplifican una realidad mucho más compleja y, cuando los convertimos en principios para interpretar la vida de los demás, terminamos creyendo que podemos leer corazones con solo mirar una publicación de diez segundos.

Pero el Señor nunca nos enseñó eso.

Entonces, ¿por qué decidí darle la vuelta al objetivo de aquel video? Porque, mientras todos estaban intentando descubrir de qué “carecían” quienes aparecían allí, yo no podía dejar de pensar en otro tipo de personas. Esas que, muchas veces, son un verdadero tesoro en nuestras vidas. Esas personas que siempre llegan primero cuando alguien necesita ayuda; organizan, escuchan, llaman. Las que, en lugar de decir: “Voy a orar por ti”, se detienen en ese mismo instante y oran.

Las que sirven sin hacer ruido. Las que parecen tener tiempo para todo el mundo… y muy poco para ellas mismas. Y también he visto que, en más de una ocasión, cuando esas personas atraviesan un momento difícil, pocos se dan cuenta. O, peor aún, se dan cuenta, pero asumen que, como siempre resuelven, también resolverán esta vez.

Y eso puede llegar a ser tan frío, tan indolente, tan inmisericorde… que duele.

Nos acostumbramos tanto a que sean ellas quienes sostienen a los demás, que olvidamos preguntarnos quién las está sosteniendo a ellas. Eso me hizo pensar en Jesús, porque durante su ministerio sanó enfermos, alimentó multitudes, consoló corazones quebrantados y dedicó su vida a servir. Sin embargo, en Getsemaní les pidió a sus discípulos que velaran con Él en oración… y se durmieron. Más tarde, cuando fue arrestado, todos huyeron. También pensé en Pablo. Gastó su vida fortaleciendo iglesias, animando creyentes y llevando el evangelio hasta los lugares más difíciles. Y, sin embargo, al final de su vida escribió con tristeza: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon.” (2 Timoteo 4:16).

No menciono estos ejemplos para decir que siempre ocurre así. La Biblia tampoco hace esa afirmación. Los menciono porque nos recuerdan algo que solemos olvidar: quienes sirven también necesitan ser servidos; quienes animan también necesitan ánimo, y quienes escuchan también necesitan que alguien los escuche.

Mientras estemos en este mundo todos tendremos hambre, sueño, cansancio, enfermedad, momentos de debilidad y días en los que necesitaremos que otro hermano nos ayude a llevar la carga. Por eso me gusta mucho más el llamado que hace Pablo a la iglesia que cualquier refrán popular: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2).

Quizá el problema nunca fue descubrir de qué “carecen” los demás, porque, si somos honestos, todos carecemos de algo en esta vida. Pero cuando miramos el mundo únicamente con ojos de mundo, nuestras conclusiones también terminan siendo mundanas. Como creyentes estamos llamados a mirar un poco más allá. En lugar de preguntarnos qué le falta al otro, quizá deberíamos preguntarnos cómo podemos servirle, sostenerle, animarle y amarle. Porque Dios nunca dijo: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces.” Pero sí nos llamó a llevar las cargas los unos de los otros, a servirnos con amor y a vivir como un solo cuerpo en Cristo. Y cuando dejamos de interpretar la vida desde los refranes del mundo para hacerlo desde la verdad de Dios, descubrimos que la mayor riqueza no está en aparentar tenerlo todo, sino en reflejar el amor de Aquel que lo dio todo por nosotros.

1 comentario en “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”

  1. Que diré ante esto? Es muy cierto y desafortunadamente, en este mundo recibiremos decepciones pero entonces es ahí donde entra El que todo lo sabe y lo puede para sostenernos y levantarnos

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