Que Mis Hijos Sean Felices

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La felicidad se ha vuelto un concepto tan gastado y usado por una gran cantidad de corrientes de pensamiento, lo que ha ocasionado que se pierda cada vez más su significado y también su importancia.

Ser feliz se ha equiparado con hacer lo que place, no encontrar ninguna resistencia, que todos se comporten de acuerdo a las expectativas. En síntesis, hacer que todo el mundo gire en torno a sí mismo.

Entonces, bajo este concepto de evitar cualquier tipo de incomodidad a nuestros hijos, nos hemos vuelto esclavos de sus berrinches y lacayos de sus deseos, buscando siempre evitar cualquier tipo de incomodidad, que no enfrenten frustración, que no se sientan nunca mal por lo que hacen o dejan de hacer e incluso les enseñamos a ver a los demás como antagonistas y villanos cuando los hacen sentir mal a ellos.

¿Pero, qué dice la Palabra con respecto a este tema? En Eclesiastés repetidas veces el Maestro nos recuerda que hay que disfrutar de nuestros afanes, entonces no se trata de enseñar a vivir una vida sin la capacidad de asombro y regocijo en los buenos dones del Señor. Más bien, que estos no se conviertan en ídolos. (Ec. 5:18-20)

En medio de una sociedad, en la cual se valora y enaltecen cada vez más las emociones, y no digo que sean malas, solo quiero señalar que se han vuelto la brújula para tomar decisiones y determinar lo que se considera bueno o malo, hemos hecho del placer el fin último de la vida, enseñándole a nuestros hijos a vivir de manera hedonista, en la cual ellos perciben que si una actividad no es divertida entonces no vale la pena esforzarse por hacerla.

Como padres de dos niñas (7 y 9), no eliminamos las actividades que en estos años de formación les permitan a ellas experimentar frustración, porque es el momento para que aprendan que en la vida van a enfrentarla y la respuesta automática a esos momentos no es hacer pataleta, sino más bien ser resilientes. Volver a intentarlos una y otra vez hasta conseguir por lo que se trabaja o tal vez no lo consigamos aquí, pero nunca dejar de intentarlo.

En la crianza, pocas veces se habla acerca del pecado, propio y de otros. Como dije antes, hemos sido discipulados por la cultura cuando vemos a quienes nos dañan como villanos, no como seres humanos profundamente afectados por el pecado (Ro. 3:23). Personas que necesitan del evangelio, del perdón y la restauración tanto como nosotros (Ro. 6:23). Muchas veces olvidamos enseñar el consejo de Jesús de orar por quienes nos persiguen, porque es más fácil etiquetarlos como villanos (Mt. 5:44). 

Como padres debemos ser intencionales en que nuestros hijos tengan claro nuestro objetivo como padres: que el carácter de Cristo se forme en ellos (Ef.4:13). Y para lograr este objetivo que se lee “sencillo”, pero tiene tanto de ancho como de profundo, debemos ser nosotros los primeros en vivirlo (1Co. 11:1).

No quiere decir que lo cumplimos siempre a la perfección, pues todos estamos en proceso de santificación. Es que con nuestro ejemplo podamos mostrar que el Señor es lo más importante en nuestras vidas y cuando caemos, tenemos la capacidad de reconocer nuestros pecados, ir al trono de la gracia con un corazón arrepentido para recibir perdón y continuar caminando de la mano del Padre (Heb. 4:16).

En conclusión, más que mis hijas sean felices, mi objetivo es presentarles el evangelio, que lo amen, lo vivan y sean fieles en vivirlo. Van a vivir buenos momentos, gloria a Dios. Van a enfrentar dificultades, gloria a Dios, sean fuertes y valientes. Van a tener deseos no cumplidos, gloria a Dios, porque Él sabe lo mejor para ellas aquí en la tierra. Pero más que todo que sean fieles al Señor en los valles y en las cimas.

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