Cuidado, que el Diablo le empuja la mano. PARTE 1

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La tentación y la responsabilidad personal

Cuidado, que el Diablo le empuja la mano, lo he escuchado en muchas partes, exacta, parafraseada, en novelas… y me daba risa, pero lo cierto es que no es así. Pero lo que sí es, es que la tentación se ve muy solapadamente, se ve hasta chistosa, se romantiza y luego de caer, pues nada, le echamos la culpa al Diablo que nos empujó la mano, como si no hubiese sido simplemente una decisión sencilla, como quien decide no arrojar el papelito a la calle para que otro lo recoja, así de fácil.

Se camufla de felicidad, libertad, de colores y de sabores que suenan muy bien. Se dan discursos, consejos y hasta se califica de malicia indígena, como decimos en Colombia. ¡Bravo! No fue mentir ni hacer trampa, fue ser vivo y no dejar que pasaran por encima de ti, porque si finalmente otros lo hacen,  y ahí están bien… ¿pues por qué yo no?

Pero como eso no es verdad, aquí viene la pared con la que nos estrellamos tarde o temprano: la Biblia nos obliga a mirar de frente: nuestra propia responsabilidad.

Santiago dice que cada uno es tentado cuando de “su propia” concupiscencia es atraído y seducido, y que el deseo, una vez concebido, da a luz el pecado (Santiago 1:14-15). Esto no significa que Satanás no tiente. La Escritura sí lo presenta como tentador y adversario. Pero tampoco nos permite convertirlo en el responsable de cada decisión que tomamos.

Por ejemplo, caer por orgullo es muy sencillo, más de lo que queremos admitir.

Ser un creyente orgulloso es veneno puro (1 Co. 10:12). Siendo demasiado sabelotodo y repartiendo pareceres disfrazados de consejo. Oraciones demasiado rimbombantes, bien encajadas y con cita bíblica de memoria.

Y ojo, no estoy condenando a todos los que se saben de memoria la Palabra y en qué lugar está cada cosa. Tengo un amigo que ganó un concurso en su iglesia de memoria bíblica y ¡fue genial! Lo que hace distinta a esta persona del ejemplo que uso es el amor.

La Palabra es clara: tener mucho conocimiento, pero cero amor, de nada sirve. Eso pasa cuando, por ejemplo, en situaciones de genuino dolor y angustia, en las que incluso orar es muy difícil, y no porque no creamos, sino porque somos humanos y duele, llega el que sí sabe y ora elocuentemente, se sabe todo lo que debe decir de memoria, pero, al final de eso, la persona que estaba mal sale peor. No hubo “clic” y es simple. No hubo amor, no habló el Señor sino el ego… ahí no hubo una verdadera ministración del amor que esa persona necesitaba.

Jesús oró muy sencillo, pidiendo al Padre que, si era posible, pasara esa copa. ¡Jesús! ¿Por qué cuando acompañamos a alguien que está muy mal, lo bombardeamos de rimbombancia, de frialdad, de cero compasión, misericordia o de llorar con los que lloran, como nos dice la Palabra? (ojo, no de complicidad con el pecado).

¿Me sigues?

Y aquí aparece algo que tendremos que mirar con cuidado: no todo lo que parece espiritual nace necesariamente del amor. No todo lo que parece bueno es, en efecto, bueno o apropiado.

Pablo dice que podemos tener conocimiento, entender misterios, tener dones y hasta hacer cosas extraordinarias, pero sin amor, nada somos y nada ganamos (1 Corintios 13:1-3). Entonces, antes de señalar al Diablo, antes de señalar las circunstancias y antes de buscar una explicación afuera, tal vez deberíamos preguntarnos algo incómodo: ¿Qué está queriendo mi propio corazón?

Porque no todo lo que hacemos es porque el Diablo nos empujó la mano. Y meter al Diablo en situaciones como las que describí, en una consejería o un momento de oración, se ve atrevido, pero no. Incluso los demonios saben quién es Dios. La Palabra lo dice: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19).

El orgullo, ese pequeño insecto que se disfraza de ayuda… lo he visto tantas veces, lo he hecho tantas veces.

Debemos admitir que a veces simplemente queríamos hacerlo, porque se iba a sentir bien. Y cuando empezamos a justificar lo que queremos hacer, podemos incluso llegar a llamar “bueno” a algo que no nació del amor convirtiendo  nuestra ‘bendición’ en piedra de tropiezo.

No solamente podemos caer en la tentación de hacer algo malo. También podemos hacer algo aparentemente bueno con una intención equivocada y llevarnos a un montón de gente en el pecado solo porque se ve bien.

Pero eso lo veremos en la segunda parte.

Por ahora quiero que te preguntes, siempre, todos los días:

  • ¿Era necesario?
  • ¿Jesús lo habría hecho así?
  • ¿Quieres que el Señor te use o quieres usar al Señor a tu favor?

¿Fuerte, no? Pero así somos. Vanidosos y egoístas. Entonces, ¿el Diablo nos empujó la mano? O solo decidimos que así pareciera.

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