Cuidado, que el Diablo le empuja la mano. PARTE 3

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La obsesión de atribuirle todo al Diablo

Hay conversaciones entre creyentes que son tremenda campaña de marketing para el Diablo. Pero tremenda campaña: le atribuyen superpoderes que ni él sabía que tenía. Qué mala maña la nuestra de andar echándole la culpa de todo al Diablo.

O sea, reconocemos que Satanás existe: malo, cruel, orgulloso, mentiroso, homicida… La misma Escritura lo presenta así. Jesús lo llama “homicida desde el principio” y dice que “no ha permanecido en la verdad”, porque es mentiroso y padre de mentira (Juan 8:44). Es la clase de cosas que Dios aborrece. La Escritura nos dice: “Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma”, y entre ellas menciona los ojos altivos, la lengua mentirosa y el corazón que maquina pensamientos inicuos (Proverbios 6:16-18). Frases poderosísimas —esto es sarcasmo— como:

  • “Cuidado, le empuja la mano.”
  • “Eso es del Diablo.”
  • “Que el Diablo esto y lo otro.”

Qué buen trabajo ha hecho el Diablo, que nosotros somos felices haciéndole marketing gratis. Una cosa es reconocer que Satanás existe, que tienta, engaña y busca hacer daño. La Biblia no trata este asunto como una fantasía. Nos llama a estar sobrios y vigilantes frente al adversario (1 Pedro 5:8).

Pero otra cosa muy distinta es atribuirle todo. Y aquí quiero hacer una aclaración importante: atribuirle al Diablo cualidades que pertenecen exclusivamente a Dios no es simplemente exagerar. Es tratarlo, en la práctica, como si fuera una especie de dios malo. Como si pudiera estar en todas partes, saberlo todo, hacerlo todo y estar detrás de cada cosa que sucede. Y no es así, Satanás no es Dios.

Es una criatura. Una criatura rebelde, peligrosa y real, sí. Pero criatura. Solo Dios es omnipotente, omnisciente y omnipresente. “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria” (Isaías 42:8).

Por eso, cuando le atribuimos al Diablo cualidades que solo pertenecen a Dios, estamos entrando en un terreno doctrinal muy serio: terminamos igualando al Creador con una criatura, como si existieran dos poderes equivalentes: Dios por un lado y Satanás por el otro, solo que uno bueno y otro malo. Eso sí es una idea herética. No hay dos dioses peleando por el control del universo. Dios es Dios. Satanás es criatura. Este tipo de pensamiento es informado por la espiritualidad oriental como el yin y yang, dónde se cree que hay dos poderes opuestos iguales en fuerza y características.

Empecemos por entender algo que la Biblia sí deja claro: el orgullo no es un asunto pequeño. Pablo advierte que alguien que recién se convierte puede envanecerse y caer en la condenación del Diablo (1 Timoteo 3:6). ¿Y entendemos bien de qué se trata el evangelio, no?

Hablo del orgullo porque para mí es como una semilla podrida. Como hablamos en la parte 1, es hasta solapado. Se mete de maneras tan sutiles y disfrazadas de luz que, si la dejamos crecer, echa raíces y empieza a alimentar otros pecados. Nos hace creer que sabemos más, que nuestra manera es mejor, que Dios no es suficiente o que nuestra propia gloria, conocimiento, ideas o formas tienen más peso que Su Palabra. Y así podemos terminar dando vueltas por 40 años en el desierto. Porque cuando creemos que sabemos más que Dios, que nuestra manera es mejor o que Él no es suficiente, terminamos equivocándonos, y, generalmente, el daño colateral de eso es un montón de gente que ve lo que hacemos en nombre de Dios y, en realidad, era algo malo.

El evangelio no nos enseña a buscar una excusa para nuestra responsabilidad. Nos lleva al arrepentimiento, a la fe y a Cristo. Santiago, cuando habla de la tentación, no nos presenta una salida del tipo: “Fue el Diablo”. Nos lleva a mirar el deseo que atrae y seduce, y cómo ese deseo puede dar a luz el pecado (Santiago 1:14-15). Y eso es incómodo, porque es mucho más fácil decir: “El Diablo me hizo hacerlo.” que decir: “Yo quería hacerlo.”

Es mucho más fácil señalar hacia afuera que examinar el corazón. Y aquí volvemos al principio. La tentación puede ser deseable, el orgullo puede disfrazarse de conocimiento, el pesar puede disfrazarse de misericordia. Una oración puede disfrazar una necesidad de demostrar cuánto sabemos. Algo que parece profundamente espiritual puede estar desconectado del amor.

Jesús mismo habló de personas que llegarían delante de Él diciendo que habían profetizado, echado fuera demonios y hecho milagros en su nombre. Y, sin embargo, Él les diría: “Nunca os conocí; apartaos de mí” (Mateo 7:21-23).

Eso debería hacernos temblar un poquito. Que un poquito, DEMASIADO porque Dios no solamente mira lo que hacemos, Él mira el corazón, la mente, el cómo, el porqué y el para qué. Ese que no contamos, pero sí sabemos.

No todo lo que hacemos es una batalla espiritual extraordinaria. A veces es simplemente el aborrecible pecado. La buena noticia del evangelio no es que nunca vamos a ser tentados. Es que Cristo vino precisamente por pecadores. La conciencia de pecado y el arrepentimiento genuino. No a darnos una oración, que, repetida en automático nos da el pasaporte celestial. Ojo con eso.

Así que no necesitamos esconder nuestra responsabilidad detrás del Diablo, sino correr a Cristo. Necesitamos arrepentirnos y creer. Necesitamos aprender a amar, decidir amar con el amor que viene del Padre. Levantarnos y ayudar a otros a levantarse. Esa parte, a veces, no es nada linda, porque el pecado es asqueroso, huele mal y se ve mal. Pero todos somos pecadores y la misericordia que nos fue dada se debe dar como es. Y además, en nuestro caminar con Cristo, debemos crecer y madurar. No podemos quedarnos siempre en el mismo lugar. La Palabra nos habla de quienes todavía necesitan leche cuando ya deberían estar preparados para alimento sólido (Hebreos 5:12-14). Crecer en Cristo no significa que dejemos de pecar, sino que aprendemos a discernir, a obedecer, a arrepentirnos y a depender cada vez más de Él. “Abatidos, pero no derribados”, dice la Palabra (2 Corintios 4:9). Es seguro que pequemos, pero lo haremos con menor frecuencia y mayor conciencia de lo que hacemos o dejamos de hacer.

Y cuando la tentación llegue, cuando el orgullo aparezca, cuando queramos decir “pobrecito” en lugar de levantar, cuando queramos echarle la culpa al Diablo de lo que nuestro propio corazón quería hacer… tal vez sea bueno detenernos un segundo, mirarnos y recordar:

¡Cuidado, no vayamos a soltar la mano que nos alcanzó!

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