Cuidado, que el Diablo le empuja la mano. PARTE 2

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El pesar vs. la misericordia

Nota aclaratoria: cuando hablo aquí de “pesar”, no me refiero simplemente a sentir tristeza o compasión ante el dolor de alguien. Me refiero al “pobrecito” que se queda en la pena, pero no restaura, no ayuda y puede incluso mantener a una persona en el lugar en el que está. La misericordia bíblica, en cambio, no solo mira el dolor: actúa, restaura y levanta.

Cuando acompañamos a alguien desde una posición equivocada, ya no es misericordia lo que damos. Se llama pesar, y el pesar es la contracara de la misericordia.

Puede que terminemos dando algo que necesitaba la persona, un dinero o alguna cosa, pero eso, por sí solo, no hace un cambio real en la situación. Dios ve todo, ve la escena completa. La intención del corazón es un asunto muy serio para Él.

Recordemos de dónde venimos, en la parte 1 de esta serie de 3 partes. El conocimiento y las acciones sin amor, de nada sirven. Y entendiendo de qué amor hablamos —el que viene del Padre—, este no puede ser egoísta ni nada de esas cosas. Pablo nos habla de esto. Entonces, ¿qué es el pesar?

“¡Ay, pobrecito!”, es una frase también muy típica en Colombia, ante cualquier cosa que pase. Cuando ocurre un desastre natural, algo que tristemente sucede con frecuencia, vemos cómo la gente se une y empieza a enviar ayuda. Y eso es bueno. Pero entre todas esas toneladas de cosas que se recaudan, no todo sirve. Hay cosas que son totalmente inútiles para alguien que lo ha perdido todo. Y ese todo, en un momento así, es lo que de verdad importa. No los perfumes, no los vestidos de baño ni el maquillaje.

A veces mandamos cosas solo porque nos da pesar. No porque nos hayamos detenido a pensar qué necesita realmente esa persona. Es como dar las sobras: “toma, esto ya no me sirve, pero de pronto a ti sí”. Y podemos sentir que hicimos algo bueno, cuando en realidad solo nos quitamos algo de encima.

¿Pero por qué?

Cuando solo “pobrecitiamos” a alguien, eso solo ratifica la posición de esa persona para seguir ahí donde está. Sea cual sea su situación, compleja y abrumadora. Pero solo dándole pesar y dando pesar, nadie va a salir de ahí.

Por otro lado, la misericordia LEVANTA.

Y aquí sí tenemos una imagen muy clara en la Escritura. Pablo dice que, si alguien es sorprendido en alguna falta, quienes son espirituales deben restaurarlo con espíritu de mansedumbre, mirándose a sí mismos para no caer también en tentación (Gálatas 6:1).

  • Restaurar.
  • No aplastar.
  • No humillar.
  • No hacer sentir más pequeño al que ya está en el suelo.
  • Levantar.

Porque la misericordia no consiste en decirle a alguien que todo está bien cuando no lo está. Tampoco consiste en convertir el dolor de alguien en una identidad permanente. O, como lo hablamos en la primera parte, en volvernos cómplices, haciéndonos de la vista gorda porque “pobrecito”.

La misericordia puede mirar el dolor de frente y aun así ayudar a levantar.

La tentación no es en sí un pecado; ceder a ella nos lleva al pecado. Y el pecado necesita confrontación, verdad y misericordia para restaurar.

Y aquí vuelvo a algo que dije antes: la intención del corazón es un asunto muy serio para Dios. Podemos decir cosas correctas con una intención incorrecta. Podemos incluso orar correctamente y, sin embargo, estar más interesados en demostrar cuánto sabemos que en amar a quien tenemos delante.

Por eso la pregunta no es solamente:

“¿Estoy haciendo algo bueno?”

También es:

“¿Desde dónde lo estoy haciendo?”

En resumen:

Vimos dos escenarios: el “pobrecito” aplicado al damnificado por un desastre natural y el aplicado al pecador. Y en ambos hay un camino que puede hundir más a la persona y otro que puede ayudarla a levantarse: el del pesar o el de la misericordia.

Y esto no es solo una decisión de quien está sufriendo o de quien ha pecado. También es una decisión de quien pretende ayudar. Porque podemos hacer algo que parece bueno y, aun así, hacerlo desde un lugar equivocado.

Y si no tenemos cuidado, terminaremos haciendo algo muy “cristiano”: buscando rápidamente a quién echarle la culpa, por supuesto… al Diablo. Pero de eso hablaremos en la tercera parte.

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